martes, 14 de abril de 2015

1967 es ya memoria







































Ya está. Se acabó. Como cantaban Los Módulos "Todo tiene su fin". 

Gracias por todo. Por su paciencia, su amabilidad y su comprensión. 


Nos vemos en los bares.


sábado, 10 de enero de 2015

ALZO & UDINE C'mon and join us! (Mercury, 1968) & ALZO "Looking for you" (Bell, 1972)










































Estaremos más o menos de acuerdo en que existen discos generacionales. Discos que con el paso del tiempo llegan a fijarse en nuestro subconsciente como el emblema de una época. Pienso ahora mismo en un buen puñado de ejemplos con los que, descuiden, no voy a aburrirles. Sucede eso -me refiero al prodigio en lograr devenir como fotografía fiel y certera- creo que por no pretenderlo expresamente, por empecinarse sus autores tan sólo en su creación y sin embargo captar de una manera prototípica el angst de una época hasta llegar a convertirse en estandartes de un tiempo, con las cargas -y también réditos- que ello acarrea. Son discos, en estos tiempos carentes de cualquier idealismo, que hoy pueden llegar a parecernos ingenuos o estereotipados y que corren el peligro de ser enarbolados por gente que o bien no lo vivió o, aún peor, por gente que acaso sí llegó a vivirlo, aunque de la impresión de que no se enteraron de la misa la mitad. Rehenes -no sé si sabiéndolo o no- de una especie de consenso general mientras se empujan unos a otros siendo una parte más, prescindible, de una masa ansiosa tan solo por aparecer en el encuadre y pretender, ilusos, tener un lugar en la historia. Personas, en el mejor de los casos, prisioneras de una nostalgia por definición improductiva, cuando no impostores sin ningún tipo de remordimiento por el cinismo y la condescendencia con el que nos regalan.


Existen también otro tipo de discos. Con otros méritos y, casi sobra decirlo, con otras lacras. Discos que involuntariamente (porque estoy casi seguro que no lo pretenden intencionadamente) parecen querer huir de las enciclopedias como quién huye de la tormenta y que sin embargo, muy de vez en cuando, acaban siendo enciclopedias en sí mismos y también tempestades, aunque sean estas calmas. Me explico. Son discos pasados de moda prácticamente desde su gestación, pero sin esa vocación de perdedor que puede llegar a ser tan nociva, sino más, que la aspiración al éxito a cualquier coste. Discos bien adelantados a su tiempo bien con una temporada de retraso. Obras que van a su bola, ajenas a cualquier debate interior y que por lo general no pueden ser entendidos con propiedad o que se tienden a interpretar como algo ya superado. Unas veces por la producción (exagerada, escasa o distinta), otras por el tono (impúdico o confesional, distante o peligrosamente cercano) y otras más por la oportunidad o incluso por todas esas cosas a la vez. Suelen ser discos que partiendo de una premisa similar a otros más agasajados, tienen desde su concepción una marca indeleble que les mantiene ajenos al vínculo y a la comunión grupal. Sucede eso generalmente por su incapacidad en pulir de su mismísimo centro neurálgico la individualidad a la que no están dispuestos  a renunciar, pero sobre todo por ver el mundo, su mundo, de otra manera. Son además,  a menudo,  discos perpetrados por gente un tanto peculiar; gente con sobredosis de empatía o cercana a la misantropía. Gente enfermizamente tímida o bipolares encantadores en pleno subidón o bajón. Tipos que caminan cual funambulista por ese fino cable que creen que les conducirá a la excelencia y que prefieren ignorar el precipicio que yace bajo ellos. Unas veces arrojados y en otras locos, las dos caras de la misma moneda. Seres con un ego distinto, que no suelen -ni creo que quieran- ser consciente de ninguna otra cosa que no sea ver y describir el mundo en que habitan e intentar comprender su relación con él. Y sin embargo, pese a toda esa rémora, hay veces que se obra el prodigio; "C'mon and join us!" es uno de esos milagros.

Alzo (Alzo Fronte, de origen italiano y nacido como Alfred Affimuti) y Udine (Noor Ali Ude, de padres iraníes) eran dos muchachos neoyorkinos obsesionados con la música desde la adolescencia. Ya en 1967, antes de aparecer como dúo, habían registrado un par de sencillos como The Keepers of the Light en el sello Steed  producidos por Jeff Barry. Catalogados hoy en día bajo la etiqueta garage lo suyo era ya entonces algo muy distinto, embrión estilístico y sensitivo de lo que nos regalarían poco después.

 En 1968 firman por Mercury, una major. Publican un par de sencillos y enseguida debutan con un disco cuyo repertorio viene firmado íntegramente por ellos. Vaya disco amigos; "C'mon and join us!" es -y me van a permitir utilizar tan manido calificativo- uno de los mejores y más desconocidos discos de la década prodigiosa, esa que termina en 1970. Bajo el a menudo displicentemente calificativo de música que te hace sentir bien, (en este caso y en mi opinión verdad irrefutable) la docena de canciones que componen el disco original -once en realidad si descontamos su presentación, la breve "Speech"- son una sucesión de sorprendentes hits, íntimos y perdurables, que hacen que un zángano como yo todavía se pregunta cual fue el error para que se quedasen para siempre en una esquina polvorienta.

 Porque este disco no tiene una canción que no sea al menos notable. Partiendo de su enorme cancionero y unas premisas más o menos académicas -para entendernos, pop clásico- una melangé de música americana (Folk, Soul, Brill Building, Country and Western y por supuesto pop) va apareciendo engarzada de manera elegantísima. Añadamos un sutil toque latino, mezcla de culturas de ese crisol que era Nueva York, y combinémoslo con esa especie de Funk Folk que recorre todo el disco y será una definición trapacera de su resultado. "C'mon and join us!" va dándonos paso, uno tras otro,  a todos los puntales sobre los que se sostiene la música popular por la que quién firma siente verdadera veneración. Pueden ser unas veces los girl groups cultivados en el Brill Building en "Define" o la mejor Jackie DeShanon en "This room". Puede ser también una especie de compendio del Nuyorican soul -ese que va de Ocho a Malo, de Benitez a Ralfi Pagan- en la hermosa "Something going" y el riff arpegiado de Archie Bell y los Drells y su "Tighten up" en la magnífica "C'mon and join us!". Nos regalan Sunshine pop de manual, espectral y confesional (el de "Spooky" o "Stormy"), en "You've got me going" o  barroque pop a lá Left Banke o los Chad and Jeremy de "Off Cabbage and kings" en la fastuosa "Want your love", con ese clavecín inolvidable dotándola de un punto melancólico y sin embargo esperanzado. Nos deleitan con la mejor tradición de los dúos de folk pop americanos. Esos que a la estela de los mejores Simon & Garfunkel han aparecido como setas, aunque siempr, eso sí, escogiendo la mejor cosecha (Lambert & Nuttycombe, Brewer & Shipley) y los combinan con el soul orgánico del Stevie Wonder más grande. Y siempre, pese a toda esta retahíla de referencias -les ruego me disculpen, es el recurso habitual del mediocre-, siendo ellos por encima de todo. Creciendo exponencialmente a partir de las enseñanzas bien recibidas y mejor asimiladas hasta conformar una obra que sorprende y maravilla por su ajustada perfección. Una disco que resulta ser, desde su más absoluta falta de pretensiones, una obra enciclopédica por su temario, enjundia y comprensión.































Junto a un repertorio impepinable, trufado por sus juegos de voces, su falsetto, los glissandos, los bongós y las acústicas en hermosa conversación un grupo de músicos de primerísimo nivel, tallando el diamante. Porque esa es otra, el elenco. Junto a Alzo (voces, guitarra acústica de 12 cuerdas y guitarra eléctrica) y Udine (voces y percusión) estarán Buddy Saltzman (baterista impecable, quién ha grabado -o lo hará- con los Coasters, con Tim Hardin, con Laura Nyro, con The Cyrkle… batería en las grabaciones de los Archies y en muchas de los Monkees), el formidable percusionista afroamericano Emile Latimer, el titán del banjo y del bajo Eric Weissberg (famoso por su interpretación poco después del "Dueling Banjos" en "Deliverance", la película de John Boorman) o el pianista y orquestador (con fructífera carrera en Broadway) Steve Margoshes.

Desgraciadamente, ya ha sido dicho, no sucederá nada. Otro disco más que pasará sin pena ni gloria. Udine, quién al parecer ya coqueteaba con las sustancias narcóticas, acaba definitivamente enganchado y el dúo decide dejarlo ahí. Alzo, en cambio, persistirá con su tarea, inmune al desaliento y nos regalará otra maravilla, "Lookin for you"(Ampex, 1971),  reeditado como "Alzo" un año más tarde, tras firmar con Bell. Es la continuación natural de "C'mon and join us!". Producido por el gran Bob Dorough, el pianista de be bop, crooner, entertainer y autor e intérprete de uno de los más maravillosos discos infantiles que yo recuerde, "School house rock" y con diferentes músicos (solo repite Emile Latimer) a los del disco del dúo, es otra joya. Un Lp repleto del mismo lirismo y de la misma facilidad melódica, con el mismo talento y, desafortunadamente, con la misma indiferencia general que el citado "C'mon and join us!".






























martes, 23 de diciembre de 2014

THE HIGH LIFE. Música para la tarde de Nochebuena












































GUY WARREN OF GHANA and RAY FARLAND The High life
HERMANAS NAVARRO Echale, échale
CUARTETO MARANATHA Shadrack
STAN FREEBERG Sh-boom
FRANCIS BAY Y SU ORQUESTA Babalú cha cha
TINO CONTRERAS Bacango
ELIA Y ELIZABETH Pesadilla
DOMENICO MODUGNO Simpatia
RAY CATHODE Waltz in Orbit
BOSSA RIO Saiupa
SEBASTIAO TAPAJOS Y MARIA NAZARETH Sambachiana
GINO CAPELLA Y SU CONJUNTO Mucho sabes tu de mi
FRESIA SOTO Unchain my heart
BRUNO LOMAS Tu me añorarás (Soul version)
JET HARRIS Real wild one
MICHELLINO Y SU CONJUNTO Un besito por teléfono
BONET DE SAN PEDRO Yo le cuento a las estrellas
HUBERT Lola
THE LAFAYETTE AFRO ROCK BAND Darkest light
NICO GÓMEZ Chiquitibán
THE GAY CROONERS El mundo se acabó

Conforme uno se hace mayor va tomando cierto apego a tradiciones que antes se las traían un tanto al fresco. Un poco como el niño que una vez fui, con su inconsciencia y, por qué negarlo, su desinteresada alegría, va uno sintiéndose poco a poco todo aquello que se prometió no ser. ¿Y saben lo más gracioso?, ya no me molesta.  Supongo que es ley de vida. 

 Todos los años, la noche del 24 se cena en mi casa. Y por lo tanto la tarde se dedica, mientras se espera a los invitados, a cocinar, bromear, bailar e incluso a veces a discutir amigablemente. En unos emergiendo su incipiente poderío y en otros, aunque renuentes a ello, menguando inexorablemente. Este año es un poquito especial por cosas que no vienen al caso pero que se reducen en lo esencial a que afortunadamente aún estamos los cuatro juntos. Escayolada la pequeña, aunque con esa vitalidad y alegría capaz de insuflar vida hasta al moribundo. Frisando la edad adulta, queriendo ya ser gallo en mi pequeño corral el mayor. Algo tan natural, por otra parte, como segura mi resistencia, tan  condenada al fracaso más inexorable que en el fondo me hace sentirme satisfecho. Achacoso y cada vez más enrocado en mis manías -pero razonablemente feliz, negarlo sería mentir- quién suscribe. Por último, la más importante, ella. Impecable, faro cabal y hermosa guía, la piedra angular de todo este teatrillo al que ni quiero -ni puedo- renunciar.

 Si tienen el hábito de pasarse por esta bitácora ya sabrán de tradiciones. También de manías, obsesiones, querencias y flaquezas. Una entre las muchas es la preceptiva lista musical que sirva de banda sonora para esa opereta. Un humilde ramillete de Latin soul, Bossanova, Cha Cha cha, Novelty, Rock and roll, Chanson y Canzone, Bugalú, clásicos hispanos y alguna otra cosa que no recuerdo componen el menú de este año.

 Esperando sea de su gusto, tomen mesa y escuchen. Desde aquí todo lo mejor para ustedes y los suyos mesamis.

martes, 9 de diciembre de 2014

FOREVER PAVOT "Rhapsode"










































Me achacan algunos amigos, siempre desde la mejor de las consideraciones, que no suelen aparecer por esta bitácora discos digamos actuales, recién editados. Discos hechos por esa autoproclamada generación mejor preparada de la historia. Están en lo cierto, y pienso que es esta cosa una rémora que me afecta de una manera continuada y que  a menudo provoca que uno no sepa que responder. Es un asunto que no me había detenido a valorar y que ahora, pensándolo, advierto que es relativamente cierto. Tal vez sea debido a que ya cuentan esos discos con numerosos púlpitos, tanto en la red como en la prensa musical, en los que se habla más y mejor de lo que uno podría llegar a hacerlo. Pero si quiero ser honesto tendré que reconocer que es debido, sobre todo, a la suma de una serie de taras por mi parte. La principal, lo confieso, es el no tener tiempo ni ganas de ceñirme a una actualidad que generalmente me dice poco. No menos importante es mi incapacidad para entender la mayoría de aquello que pretenden mostrar. Y aún más el sentirme tan alejado de ellos cuando logro entenderlos, que no sé ni que decir ni mucho menos que pensar. Añádanle a todo esto una cierta cobardía y el intentar no zaherir a nadie y tendrán la esquina perfecta, cómoda y confortable, en la que poder uno guarecerse. No obstante, tirando de archivo, veo que hay unas cuantas cosas que me interesan -que no enumeraré por no servir de nada- y a las que sí les presto atención. La ultima de ellas el lp de Forever Pavot.




























 Forever Pavot es el proyecto de un joven francés llamado Emile Sornin. Conocí su primer disco gracias a un chivatazo, cuando el hombre se autopublicó un single formidable en una edición pequeñísima de cincuenta copias con dos soberbias canciones, "Christophe Colombe" y "Le pénitent la pasee". Poco después nos deleitaría con un EP de cuatro canciones, también autoeditado, que contenía las dos incluidas en el primer sencillo más "Palestine" y "Sable mouvant". Afortunadamente la cosa iba a más y de este 7" se imprimirían trescientas copias. A principios de este año el sello The Sound of Salvation publicaría un tercer 7" ("Miguel el Salam" / "La rabla") adelanto del Lp que tengo el gusto de presentarles.


"Rhapsode" es uno de los títulos más apropiados para un disco que pueda recordar. Porque eso es lo que es Emile Sornin, un narrador, un rapsoda de versos musicales  que intenta alcanzar de manera casi nigromántica un nirvana que imagina lejano pero al que no está dispuesto a renunciar. No lo hace -y eso le honra- con poemas insuflados de una épica grandilocuente o huera sino por medio de fragmentos musicales vestidos de algo propio e íntimo, tan acogedor como perspicaz. Revestidas sus querencias e intenciones, sin pretender esconderlas ni disimularlas, de una manera consecuente y consciente de su pequeñez, atrincherado entre sus cachivaches analógicos, con la mirada aquí y allí, hasta lograr encontrar su sitio.


Porque si lo pienso detenidamente creo que es  muy superior el placer de volver al placer de partir. Cuando uno vuelve puede ser varias cosas; el que fue y el que volvió, el que aspiró a ser, el que venció y también el que fracasó. Incluso uno distinto de todos ellos, cincelado en la suma de sus avatares, de aquello hallado y aprehendido en el trayecto. Y eso es un poco lo que se me antoja que le ha sucedido a Monsieur Sornin tras la escucha de "Rhapsode"Existe un dicho en francés que dice así;  "La culture est come la confiture, moins on en a, plus on l'étale" (La cultura es como la mermelada, cuando menos hay más hay que extenderla). En "Rhapsode" hay mermelada de sobra. En cantidades ingentes.  

Uno cree advertir al muchacho que salió de casa desnudo y que en el camino dio con el beat de "Doctor rock" y el mántrico órgano de Giorgio Moroder en "Children of the mission", siempre el espíritu de Bruno Nicolai revoloteando, hasta obtener como fastuosa recompensa la hermosa "Les Cigognes nénuphares", algo tan nuevo que solo se puede conseguir partiendo de la comprensión de lo escuchado.  O el espíritu nervioso de "La Horse" de Gainsbourg mezclado con la morbidez de los Stereolab más abstractos y las innumerables bandas sonoras italianas (de Guiliano Sorgini a Franco Micalizzi, dejando entre ellos a quienes ustedes quieran) en la sorprendente "Ivresse de pacotille". La psicodelia británica más elegante y ensoñadora, con los Gods en el subconsciente, en "The sound of Cherrybell". La música de Michel Legrand para "Le gang des hotages" mientras Trish Keenan tararea una melodía familiar en "Joe & Rose". El dramatismo panorámico de Morricone y el lirismo sci-fi de Alain Goraguer alineados junto a los Beach Boys de "Surf's up" en "Electric mami"



Sé que la cita continuada de  referencias puede provocar el hastío y, aún peor, en ocasiones nos llevan a la confusión. Mea culpa. Uno es limitado en la exposición de sus pareceres y nada me sabría peor que esa merma afectase a la valoración de tan soberbio disco. Así que les ruego que no me lo tengan en cuenta. Lo que en definitiva quiero señalar es que "Rhapsode" no es en absoluto un disco revivalista. No al menos tal y como yo entiendo ese concepto. Es un disco que muestra, que retrata y que descansa sobre varios pilares ya construidos, clásicos, pero una vez ahí construye sus capiteles  y sus volutas, nuevos y de una considerable belleza. Un disco que aprovecha de manera sorprendente la lección aprendida y a partir de ella crea un mundo propio -pequeño o grande, eso dependerá de los ojos con los que se mire, en mi opinión da un tanto igual- pero sobre todo capaz de evocar, de imaginar y sobre todo, de pensar.

 Añadido a este torpe post, más arriba, hay una playlist con una selección de tan enorme disco, junto a una serie de canciones a las que la escucha de "Rhapsode" me ha transportado. Fíjense en la dirección del viaje. No es asunto baladí; De "Rhapsode" a ellas y no al contrario. En cualquier caso ese presunto armazón, esos mimbres que uno ha creído intuir bien podrían ser otros -igualmente válidos, acaso más- en el caso de ustedes. 


martes, 11 de noviembre de 2014

Kawczinski, Crapou, Le Systéme Crapoutchik!










































Le sans amour


¿Para que andarnos con rodeos?, uno es lo que es, de andamiaje mucho menos firme de lo que desearía y con un núcleo con cierta tendencia a lo iletrado. Quién les escribe suele comenzar casi todo con un single. Así de simple soy. No lo digo como signo distintivo aunque tampoco como tara sino simplemente constatando una realidad. Son estos artefactos una especie de breve misiva a modo de greguería a partir de los cuales reflexiono, imagino e incluso a veces idealizo. Hace, no sé, ¿diez, doce, quince años?, conseguí mi primer disco de Le Systéme Crapoutchik!. Era el single con "Les sans amour / L'enfant de choeur" (Flamophone, 1970). Me tropecé con él -cómo me ha sucedido con tantas otras cosas francesas- en uno de mis paseos por las Pulgas. Ni la menor idea por aquel entonces de quienes eran, ni mucho menos la menor intención de dejarlo pasar. Lo rescaté del cajón en el que estaba abandonado junto a otros un poco por instinto y otro tanto por curiosidad. Ya saben, la portada, el sello desconocido (al menos para mi), el año, el precio… qué sé yo. El caso es que una vez escuchado descubrí dos canciones de una belleza y elegancia distinta aunque no por ello menor la una a la otra. Sucedió también que en un principio, por estar uno a lo que estaba -y por comprender aún menos a la vida y a mi mismo de lo que lo hago hoy- su escucha continuada podía incitar al rechazo. ¿Cómo, a partir de esas pintas de la portada, podía salir tamaña delicatessen, frágil y sin embargo casi perfecta?. Sí, lo reconozco. Me temo que una vez más los asquerosos prejuicios, las ideas preconcebidas, la atrevida ignorancia, campaba a sus anchas.

L'enfant de choeur
 

Dejé pasar el tiempo y como me sucede a menudo dada mi inconstancia, me olvidé del asunto. Recurrí a él en rara ocasión. Y sí, como dirían más adelante las notas de las futuras reediciones, "S.F. Sorrow" estaba ahí, esperando agazapado. Igual de lacerante, igual de ensoñador. Igual de hipnótico y adictivo. También intuí otras cosas. Cosas más nuestras, de aquí. A los Ia & Batiste de "Un gran día", al "Telaraña" de José y Manuel con Nuevos Horizontes. Dúctiles, poliédricos, con un detalle obsesivo en la melodía que a veces exasperaba dada su desmedida perfección.





























Años más tarde, en el 2011, se hizo la luz. El sello barcelonés Wah wah reeditó sus tres álbumes. Leyendo entonces las notas y tras una primera y apresurada escucha, el tono laudatorio del texto podía llegar a parecer exagerado. Falso. La cosa alcanzaba de manera luminosa una justicia reivindicativa que nos hacía navegar entre olas de agradecimiento, motivado principalmente por el descubrimiento de tres discos soberbios. Su primer Lp cronológicamente hablando (
"Aussi loin que je me souvienne", Flamophone/Vogue, 1969) ya nos ponía en guardia con su adaptación a la francesa de los Pretty Things más ensoñadores y menos insulares. Canciones como "Un jour dans ma vie" (entre el Hard rock y el himno progresivo) o "Les temps ont changé" (una pieza de psicodelia descriptiva con sustrato eminente pop, deudora de los Kinks tanto en lo estilístico como en lo literario) eran una brillante carta de presentación. Su tercero, el homónimo, aunque calificado generalmente como menor, piensa uno que es el canto de cisne perfecto. Con arreglos de Jean Claude Vannier y reminiscencias a la Costa Oeste americana no era el disco poca cosa; piezas de orfebrería, pequeñas y delicadamente labradas, con una sucesión de capas musicales y hermosísimas armonías vocales, una tras otra. Canciones de las que emanaba una elegancia tan descuidada como minuciosa, concienzudas  en la descripción de lo que quedaba del fuego idealizado que una vez fue. Tómense como ejemplo, a vuela pluma, la pseudo bossa "Pauv' Muezzin" o  la canción que lo cierra, "Le mutant", toda una declaración de principios estéticos y desencantados: "Soy el mutante del tiempo, de las rosas y de las estrellas, soy el futuro de las banales existencias". 































Pero sería -para quién esto suscribe-  su segundo, titulado clarividente y escuetamente "Flop" donde todo encajaría con milimétrica perfección. Curiosamente no es un disco oficial propiamente dicho. Tras el fracaso del primero deciden lanzar un disco doble a modo de despedida con algunas de sus primeras canciones grabadas para el sello Vogue en 1968 (un 7" y dos Eps)  junto con revisiones -variaciones tal vez sería más apropiado- de esas mismas canciones y otras nuevas. No tienen muchas expectativas, de hecho han arrojado la toalla y se hallan en proceso de descomposición. Tanto que este postrero tour de forcé no es más que el epitafio de una aventura que no pudo ser y que ya no es. En el disco se suceden una joya tras otra; El Macca de "Ram" con su facilidad melódica y sus fuegos artificiales mezclado con el fulgor pop de Billy Nichols en "la vie set belle". Ecos del Colin Blunstone más melancólico ("Monsieur sans joie", tan similar para mi al "Tramway 7B" de Bernard Chabert). Los Beach Boys diríase dirigidos por el Henry Mancini más pop en "Gamelle trouee". El piano de "She's a rainbow" en medio de una canción cualquiera de Ray Davies en "L'enchanteur"...

Monsieur Sans Joie

Gamelle trouee


L'enchanteur


La vie est belle
































 No tenían malos padrinos. Los había descubierto Jacques Dutronc (por aquel entonces guitarrista de la banda de Eddy Mitchell, actuando en un show televisivo de Albert Reisner). Coincide el encuentro con el despegue de Dutronc como estrella y desde ese momento se convierten en su banda de acompañamiento; Gérard Kawczinski (Llamado Crapou por Dutronc dado lo difícil de la pronunciación de su apellido y a partir de este apodo bautizada la banda -recuerden, Le Systeme Crapoutchik!), Jean Pierre Alarcen (ex guitarrista de Les Mods, grupo de garaje con un único y rarísimo ep publicado y de Eden Rose y Sandrose), Christian Padovan al bajo (compañero de Kawczinski en Les Challengers) y Alain Legovic al órgano (más tarde, ya convertido en cantante famoso, conocido como Alain Chamfort) quién había sido el organista de la banda de Nicolas Nils, con un ovni-ep con dos estupendas versiones en francés de los Seeds . Posteriormente, sustituyéndole, entraría Jean Pierre Sabard (arreglista de Dutronc, Aufray o el nuevo niño bonito de la música francesa, a la estela del éxito de la versión francesa de "Hair" Julien Clerc) encargándose de la batería y los teclados.

Il faut trimer dur (Pushin' too hard)



Mot de passe; Claude Puterflam. Un francotirador aventurero de los muchos que poblaban entonces la escena francesa. Este había publicado material con el nombre de Peter Flam para Vogue. Básicamente chanson freakbeatizada a la estela de ese faro que era Dutronc, su amigo y mentor. Arrebatados himnos pseudo garageros con -a ver como lo explico- indeleble márchamo chansonnier ("C'est la vie", a medias con Michael Pelay, futuro colaborador de LSK o "Il ne faut pas pleurer", firmada a medias con Dutronc). Puterflam había puesto en marcha un nuevo sello, bautizado como Flamophone, tras haber convencido a la gente de Vogue de su viabilidad y fichado inmediatamente a Le Systéme Crapoutchik! como grupo insignia, de los que se convertiría en autor de los textos. 

Il ne faut pas pleurer


C'est la vie


 Pese a todas las -evidentes- influencias Kawczinski, Alarcen y compañía lograron conseguir una pócima personal y única. Músicos residentes del palacio de Puterflam, los todavía por entonces en construcción estudios Gang, su pretensión era la de convertirse en una congregación de músicos que interactuasen en sus distintos proyectos; Bernard Ilous (cuyos dos singles ya fueron reseñados aquí y cuyo lp a medias con Decuyper también ha reeditado Wah Wah y no puedo recomendar más encarecidamente), Nino Ferrer (en cuyo soberbio "Le sud", igualmente comentado anteriormente en el blog, colaborarían), con el mismo Jacques Dutronc ...

Tras esta aventura Kawczinski no abandonaría el mundo de la música, muy al contrario. Se dedicaría a la música de librería con usos comerciales componiendo desde jingles a bandas sonoras, giraría como guitarrista a sueldo y seria ingeniero de sonido en los estudios Gang de Claude Puterflam, hoy todavía abiertos.


























P.d.Todos los datos han sido tomados prestados de las notas interiores de la reedición de "Flop" (Wah Wah, Barcelona,2011) firmadas por Jean emmanuel Deluxe y Fréderic Fauré.

lunes, 3 de noviembre de 2014

GINO PAOLI Canta éxitos de Joan Manuel Serrat (Durium - Sociedad Anónima de Ediciones Fonográficas, 1978)







































Un altra state (Aquellas pequeñas cosas)


La donna che amo (La mujer que yo quiero)


Mediterráneo


En 1974 Gino Paoli publica en Italia un disco de versiones de Joan Manuel Serrat titulado "I semafori rossi non sono Dio".  No es la primera vez que se acerca al cancionero del catalán, un par de años antes, en su disco "Amare per vivere", había incluido "Sogno di gioventú" (Barquito de papel) y "Ballata d'autunno". El título del disco refleja cabalmente, sin alharacas aunque con un punto de ingenua provocación, el espíritu ácrata, a contracorriente, del hombre con la bala en el pecho. Su portada, una mujer a la que si miramos detenidamente advertiremos que en realidad no es tal sino un maniquí, parece querer guardar cierta semejanza con esa historia de marginación y dominación, de amor fou que es "Tamaño natural" (Luis García Berlanga, 1974). Son diez canciones que reflejan perfectamente el cruce de caminos sito en cualquier punto del Mediterráneo, equidistante entre Génova y Barcelona. Un lugar donde el espíritu vitalista, cargado de hedonismo y fatalismo característico de los abandonados en su fiebre por retratar el instante, rebosa a la vez melancolía y alegría de vivir. Un mundo de nadie y también de todos. Un sitio donde en lugar de intentar poner puertas al campo se lucha -y se bebe, se ríe, se ama- gozosamente celebrando, ahora sí, las 
-presuntas- pequeñas cosas.

La Sbandata (Lucía)



Il manichino (De cartón piedra)


Era pues evidente que en algún momento estos dos titanes tendrían que coincidir. Conviene recordar a los desmemoriados que pese a ser hoy poco más que un chiste gastado Serrat lo tuvo. Durante quince años largos al menos. Ahí es nada.

 "I semáforo rossi non sonó Dio" es un disco ajustado que no corto, un disco preciso y muy, muy hermoso. De un lirismo que fluye con la naturalidad propia del que observa e intenta comprender, Un disco que huye de lo afectado del mismo modo que queda atrapado en esa telaraña en que suele convertirse la vida. Son diez canciones del Noi de poble sec elegidas por Paoli y adaptadas al italiano por él mismo y su amigo Lorenzo Raggi. Editado finalmente en nuestro país cuatro años más tarde, en 1978, curiosamente en la edición española se traducen directamente los títulos del italiano, conduciendo en un primer instante al equívoco. "La sbandata" es en realidad "Lucia", "I miei dieci anni" es "Mi niñez", "Chopin" es "Tío Alberto", a "Vagabundeando" la llama "Ma andate a…", a "Como un gorrión"  "La libertad". "Manostanto tutto" es "¿Qué va a ser de ti?" y "El Manichino" es "De cartón piedra"

I miei dieci anni (Mi niñez)


La libertad (Como un gorrión)
































Son estos tiempos oscuros. Unos -sospecho que los más jóvenes- sostienen que necesitados con urgencia de una revolución y otros -contra lo convenido, pienso que no necesariamente cínicos- apostando por una catarsis lampedusiana. Uno aspira, sin conseguirlo, a ser como aquel personaje de no recuerdo ahora que azar. Aquel que tenía en su catálogo cualquier vicio que el común de los mortales calificase como tal y que sin embargo, lograba abstraerse para  vivir con esos vicios sin por ello repercutirle de un modo especialmente nocivo. Dotado involuntariamente del don de la oportunidad. Un don que le servía para confesarse alcohólico entre los drogadictos y adicto entre los dipsómanos. Y de esa manera, trampeando y haciendo de la necesidad virtud, ver la vida que ya no existía -que acaso nunca hubiese existido- transcurrir natural, hiriente la mayoría de las veces, gozosa muy de vez en cuando.

Manostante tutto (Que va a ser de mi)


Chopin (Tío Alberto)


Ma andate a … (Vagabundeando)


 Probablemente todo ésto les suene a cinismo -no pretendo que lo sea en absoluto, pero tampoco es mi intención convencerles, tengan por seguro que mi opinión no tiene importancia alguna- pero al final de todo uno solo pediría, suceda lo que suceda, que, en cualquier caso, venga acompañada la necesaria catarsis no de sabinadas, de clasherios o rimas generacionales que a nadie nada dicen sino de discos como éste. Pequeños, humildes y equivocados. Pero también verdaderos.